El Día

Con la experiencia del ayer, enfocados en el mañana

Hablemos de la muerte

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El sábado 13 de marzo me levanté a las seis y media. Fue en ese silencio de la mañana en Solymar, donde aproveché para tirarme en el sillón con un libro y una taza de café. Entre los párrafos de uno de los capítulos del libro, encontré este verso del poeta John Donne:

«Ninguna persona es una isla. La muerte de cualquiera me disminuye porque estoy ligado a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti».

Dejé el libro en la mesa ratona y cerré los ojos. El poema me trajo la imagen de Andrés Abt, quien había fallecido la noche anterior. Yo no lo conocí personalmente, nunca hablé con él y, sin embargo, su muerte me afectó. Las redes sociales se empapelaron con su foto y en cada retrato sobresalía su sonrisa. Andrés fue un diputado electo que tomó la decisión poco ortodoxa de renunciar a su cargo para no alejarse de los ciudadanos de a pie. A pesar de las críticas y los cuestionamientos, mantuvo su postura con la firmeza de los líderes despojados de ambición.

El poder de la muerte sobre la vida era algo que me aterraba desde el momento en que tomé conciencia de ella. Recuerdo el preciso instante. Estaba en la casa de mis abuelos y un primo mayor me contó que nos íbamos a morir. Yo era un niño que aún no había entrado a primer año y lloré como nunca había llorado en mi vida. El desasosiego aumentó con la primera muerte cercana, la de mi abuelo Pedro. Yo tenía diez años y fue mi primera experiencia con el dolor de la pérdida.

Mi padre, con su postura pragmática, me ayudó a racionalizar ese miedo. «Acostumbrate a pensar que la muerte no es nada para nosotros», me decía. Me hablaba de los pensamientos de Epicuro, que dijo que mientras somos la muerte no está presente y cuando la muerte se presenta, ya no existimos. En nada afecta a los vivos ni a los muertos. Crecí y, por un tiempo, la muerte dejó de preocuparme. 

Volví a pensar en Andrés Abt y me acordé de una conversación que tuve con Daniel Mella, el autor de El hermano mayor. Era el año 2018 y estábamos sentados en una de las mesitas del bar Las Flores que dan a Juan Manuel Blanes. Nos encontrábamos ahí los martes de tarde y él me ayudaba con un proyecto. Tomábamos un café y después un gintonic. Hablábamos de libros y de escritura. De vez en cuando la muerte se presentaba. Daniel había perdido a su hermano cuando era demasiado joven para morirse y yo acababa de enterrar a mi padre. En una de esas charlas perdidas me dijo que a él no le preocupaba la muerte ni el olvido pero le aterraba estar muerto en vida y por eso escribía.

Andrés se murió antes de tiempo. ¿Su obra quedó inconclusa? ¿Había vivido a pleno? ¿Se sentía satisfecho con sus logros? ¿Le dijo alguna vez a su esposa que estaba contento con su vida? Me hacía esas preguntas y quería correr a decirle a Eliana, mi esposa, que si me pasaba algo, ella podía estar tranquila de que yo era feliz. Tenemos que hablar más sobre la muerte.

En twitter encontré un fragmento de una entrevista que Natalia Giménez y Ana Castro le hicieron a un Abt que decía: «Lo que me llena de orgullo es que gente que no es de mi partido me haya visto bien, para mí eso es fundamental. Mi sello es eso, que se entienda que lo único que quiero, con errores y aciertos, es mejorar la calidad de vida de la gente. Por supuesto, soy blanco (…) pero me parece que tenemos que tener un cambio cultural donde sintamos que trabajando juntos derrama mejor para todos lados y, para mí, mi sello es eso. Y si puedo construir un sello es en eso, en que sientan que podemos trabajar con cualquiera que quiera trabajar por el bien común, mientras esa sea su filosofía nos va a encontrar como socio».

Los mensajes de  figuras del Partido Colorado, del Frente Amplio y del resto del espectro político destacaron la virtud de Andrés como un constructor de puentes para acercar a los sectores y como un servidor público que soñaba el Uruguay del futuro. La infinidad de personas que se acercaron a la zona de Kibón para dejar flores y banderas sobre las letras del cartel que forman el nombre de la capital son la confirmación de la huella de su pasaje por la vida. Abt respiraba Montevideo y la ciudad lo respiraba a él. Me reconforta pensar que, a pesar de su pronta ida, pudo dejar su sello.

Diez años atrás, mi padre había adoptado una costumbre extraña. Me pedía que arrimase una silla a su lado y, frente a la computadora, me daba una serie de indicaciones con acciones que yo debía ejecutar si se moría. Las sesiones apocalípticas se repetían cada doce meses, yo las llamaba irónicamente “las charlas de la muerte”, y las odiaba, pero papá tenía la necesidad de actualizar las instrucciones que habían quedado obsoletas. Intercaladas entre las directivas, se manifestaban los sentimientos de mi padre. Esas charlas fueron las que me impulsaron a dar un paso al frente en su entierro para contarles, a su familia y a sus amigos, que él había descubierto que no le temía a la muerte cuando sufrió el primer aneurisma a principios de los ochenta. Su primer pensamiento, mientras convalecía, había sido el cálculo de su seguro de vida para ver cuánto iba a recibir mi madre. Ese aneurisma no lo mató y a partir de ahí, no contaba un pan dulce menos a fin de año sino que siempre era uno más. Quise transmitir que era un momento de un dolor inmenso y una tristeza profunda pero que no tenía quejas, mi padre había amado a su esposa, criado a sus hijos y cumplido con su deber. En una de nuestras últimas conversaciones me dijo que él sentía que uno se prolongaba a través de los hijos y luego, con los nietos, se alcanzaba la verdadera transmisión a escala humana y así se trascendía.

«Yo es otro» es el aforismo por excelencia de Arthur Rimbaud. La combinación de esas tres palabras manifiestan que cada uno de nosotros contenemos a los otros y estos a su vez nos contienen, ejecutando así, el entramado de la estructura social. La muerte de Andrés Abt nos duele porque en él se configuraban nuestras mejores virtudes. La muerte de Andrés Abt significó la pérdida de millones de buenas acciones.


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3 comentarios

  • Maria Cristina
    Maria Cristina

    Exelente, un tema que nos cuesta tocar, pero que inexorablemente vamos hacia el……..!!!!!

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  • Margarita Machado
    Margarita Machado

    Mb artículo sobre un tema que como dice Barran , en su “historia de las sensibilidades” procuramos negarlo . Nos escondemos detrás de las paredes estériles de los hospitales, o de las máscaras de las capillas funerarias .
    Pero es lo que la humanidad tiene en común. Tener un padre cuidador, que que prepare a sus hijos para lo inevitable es una gloria . Y que, según cuentas, expresó su inmenso amor a su esposa e hijos también.

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  • Horacio Rubino Torres
    Horacio Rubino Torres

    Excelente, sobrino. Mas allá de lo que contás (parte de ello me toca de cerca) me gusta mucho tu gusto por la literatura y aptitud para la escritura.

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