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Lección pandémica: ni un Estado clásicamente liberal, ni utópicamente socialista

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Contexto

Han sido numerosos los hechos históricos que le han valido a la sociedad un contexto aleccionador a lo largo de su existencia. No obstante, la humanidad parece no avivarse en entender que las grandes conquistas del sistema yacen en los equilibrios y no en los polos. Esto queda de manifiesto en los momentos de crisis donde las papas queman y no hay suficientes manos para sacarlas del fuego. En ese sentido, continuamos viendo colectivos que levantan la bandera de un sistema socialista y comunista, a pesar de contar con diversas experiencias de fracaso sobre estos regímenes y por el otro lado, observamos una radicalización hacia el liberalismo más clásico, donde se pregona la nula existencia del Estado, como solución a los retrasos que el sector público no puede superar.

Pero, ¿qué nos enseña la crisis sanitaria sobre esta polarización?, ¿Una nación debe volcarse a suprimir casi por completo el Estado y dejar todo en mano del interés particular? ¿O acaso es más útil un Estado que concentre un gran poder soberano para hacerle frente a las miserias sociales?. Confieso que es tentador asumir una posición en la balanza y simplemente explayar líneas de argumentación confirmando esa tendencia, pero la política-y sobre todo la práctica política- es una tarea harto compleja; es más, me atrevo a a pensar que, quien piense en un único camino como solución, en el cual no intervengan ideas antagónicas, peca de ingenuo.

En este caso: ni al pan, pan, ni al vino, vino

Todo este preámbulo a efectos de adelantarle al lector que la crisis pandémica sufrida actualmente nos viene a demostrar, una vez más, que el Estado no puede desaparecer de la faz de la tierra; pero tampoco puede, ni debería ser una especie de monstruo “come privados”, al mejor estilo pac-man, que se lleve todo esfuerzo particular (y sí, por qué no decirlo: egoísta) por delante. Me dirán muchos: “que tibia, no te la jugás”, pero contrariamente a esa visión, creo que conlleva mayor valentía encuadrar una teoría de Estado desde la construcción de diferentes ideologías, que simplemente asumir un dogma como verdad revelada y aferrarme a él, a sabiendas de que una sola visión no contendrá jamás las fructíferas soluciones que una sociedad tan diversa necesita.

Es real que los privados se mueven por intereses propios, egoístas, dignos del individualismo, pero no es menos real que la base de los grandes avances de la humanidad parte de esa esfera intima. ¿Por qué? Resumamos (groseramente) esta respuesta diciendo que cuando el ser humano actúa para beneficio propio, se esfuerza más y mejor, y genera de ese modo, una protección de sus creaciones que permitirá a ese producto final funcionar útilmente.

Sin embargo, esta premisa no se agota aquí, porque ya sabemos que no todos los individuos nacen con igualdad de condiciones y por tanto, la sociedad se ve embretada entre los que pueden acceder a esos beneficios y los que mueren en el intento. En consecuencia, la crisis producto de la pandemia, deja en evidencia (y acrecienta) estas desigualdades, poniendo a los más débiles de la cadena en situaciones border.

El secreto está en hacer que la mayor cantidad de personas se beneficien de esos avances producidos desde la individualidad (sin matar al sector privado) y así acotar la cuota de privilegiados, para que más personas puedan desarrollarse y producir eventualmente más beneficios que a su vez, le servirán a la sociedad toda.

Tenemos el mejor ejemplo en esta crisis: los laboratorios y las vacunas. No podrían existir sin el interés privado, pero son los Estados los que velan por su llegada a los más vulnerables.

Entonces… ¿a qué apuntamos?

  • Un Estado eficiente y sólido, pero no de espaldas a los privados.  Debemos considerar al Estado como nuestra gran obra colectiva, por tanto, los/las que trabajen en ella deben ser personas calificadas y dignas representantes de la soberanía. Por ejemplo, pensemos en quién nos gustaría que nos operara en una cirugía: ¿un experto o un amateur?. Ahora, apliquemos ese razonamiento a quienes hacen funcionar al Estado.
  • Reforzar el principio de subsidiariedad: que el Estado intervenga cuando el privado no logra hacerlo, beneficiando a la sociedad sin discriminar. Es decir que, ello no implique cortarle la producción al privado, sino complementarla.

En este punto, es importante considerar que beneficiar a los privados y otorgarles libertades al momento de generar inversiones y puestos de trabajo, implicará a largo plazo, beneficiar también a la sociedad. Entendamos a los privados como herramientas, no como enemigos.

  • Competencia y cooperación.  Una sociedad debe ser capaz de abrirse al desarrollo para generar un Estado benefactor. Y las oportunidades de desarrollo no existen, si no se incentiva a los privados a crear e innovar. El Estado regula, cumple un rol de gendarmería, pero no debería transformarse en un verdugo de aquellos que apuestan al desarrollo. Por eso, deben cooperar ante todo y si les toca competir, el Estado debe ser llamado a lo que debe, no a asfixiar el desarrollo.
  • Razonar en clave de libertad. El Estado no puede valerse de su poderío para coartar libertades, aunque sea muy tentador sostener que en alguna oportunidad esa prohibición se justifique en cuidar a los más vulnerados.

Reprimir la libertad debe ser siempre el último escalón y debería hacerse de manera temporal. La libertad es lo que permite al ser humano desarrollarse y potenciarse; un Estado eficiente, entiende esto y lo aprovecha para su conveniencia, que es, en última instancia, la conveniencia de la sociedad. Si el Estado mata al individuo, se mata a sí mismo, aunque sea inconsciente de ello.

  • Por último, es responsabilidad de todas las personas procurar bienestar en la sociedad. Eso implica no depositar en el Estado una confianza desmedida, es decir, esperar que el Estado resuelva todos los problemas existenciales de una sociedad. Recordemos que el Estado es reflejo de su nación; por tanto, si mantenemos una sociedad desordenada, no podemos esperar que el Estado sea nuestro salvador ya que posiblemente nuestro pacto social también esté descompuesto. La responsabilidad es colectiva, pero empieza individualmente.

Conclusión

Esta composición es muy personal, pero creo que viene bien considerarla en un momento donde la humanidad deja al descubierto sus falencias, sus debilidades y se cuestionan los paradigmas. Con ello, se deja ver que el Estado no es capaz de dominarlo todo, que entonces sí necesita la capacidad individual, así como tampoco podemos dejar librado al interés de unos cuantos las soluciones, porque debemos ser conscientes de las clases sociales y sus desequilibrios. En esa bisagra es que podemos seguirnos polarizando o cooperar.

Yo elijo lo segundo. Y veo que el mundo también, por eso seguramente haya luz a final del túnel para esta crisis pandémica. 


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