El Día

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El desafío del siglo XXI – por «Laura»

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En el Siglo XX, las mujeres luchábamos, principalmente, por alcanzar la igualdad formal. En todo el mundo, las mujeres reclamábamos nuestro derecho a sufragar, a ser electas para cargos de representación, a tener nuestro propio patrimonio, a divorciarnos, a trabajar, a gozar de capacidad civil.

Hoy por hoy, podemos decir que –al menos en Occidente- hemos triunfado en esa batalla. La humanidad ha equiparado a hombres y mujeres en sus textos jurídicos de las más altas jerarquías, reconociéndoles los mismos derechos y las mismas obligaciones. Sin embargo, la conquista de la igualdad material, la igualdad en los hechos entre hombres y mujeres, se encuentra todavía a tal distancia que, a veces, parece utopía.

En el siglo pasado ya se despertaban las primeras voces inquietas por la desigualdad material entre ambos sexos. En su momento, los problemas eran distintos a los de hoy, aunque tenían una raíz común con los actuales: la misoginia.

Algunas mujeres advertíamos, por ejemplo, del enorme daño que causaban las posturas que se manifestaban contrarias a que la mujer se instruyera, pese a que nunca estuvo prohibido. En el año 1912, Batlle y Ordóñez creó la Universidad de la Mujer, pensada para que las mujeres, que se mantenían por fuera de los sistemas educativos a causa de los prejuicios de la época, se vieran alentadas a hacerlo. “Fuerza es legislar con arreglo a lo que sucede”, decía Batlle, pero en los años previos a la realización del proyecto, la sola idea provocó feroz resistencia.

Por entonces, decía yo en este mismo diario: “Los que se oponen a que la mujer se ilustre aducen un argumento favorito en defensa de su tesis: es menos inteligente que el hombre, dicen. Luego hay que apartarle de todo estudio serio.(…) Se dirá que no sobresalimos, ni mucho menos, en el ejercicio de las artes, de las letras y de las ciencias, ni de la política? Pero ¿Cómo hemos de sobresalir si se nos aparta de ellas sistemáticamente? Para el hombre no hay más que estímulos. Padres, parientes, amigos, conocidos, extraños, todos aplauden la resolución que adopta el joven adolescente de dedicarse a alguna carrera científica o artística (…) En cambio, para nosotras no hay más que obstáculos. Se nos desanima, se nos desalienta de todas maneras. Seremos objeto de mofa. Se inventarán apodos para denigrarnos. Se nos insultará en artículos como el que ha publicado este mismo diario, de Daniel Muñoz. (…) No, lo que hay que extrañar no es que sean pocas las mujeres que se han distinguido por sus talentos; ¡lo que hay que extrañar es que algunas hayan podido distinguirse!”.

Mucho antes incluso, había mujeres que ya soñaban con la  masificación de la instrucción femenina. La Srta. Rosa Larghero decía, en su discurso en el Club Fomento de Educación en 1879, con una actualidad sorprendente, lo siguiente: “Los hombres han inoculado en la mujer el placer de la moda, la han hecho creer que poseyendo belleza física, su triunfo será completo; y esa mujer, pobre de ánimo, invierte todo su tiempo ante el espejo, en arreglar con perfección sus cabellos, la pintura y cosmético jamás faltará a su tocador; esa pobre mujer a quien los hombres han bautizado con el nombre de “coqueta”, se encuentra en todas partes. Llega un día que la naturaleza le exige el cumplimiento de sagrados deberes, cuando agitada siempre por el afán de ver halagada su hermosura, no ha tenido tiempo de comprender si tenía sentimientos nobles y virtuosos que inculcar a sus hijos; la sociedad se mofa de ellas, presentándolas como ejemplo de la abyección de la mujer. [Con educación] ya no será la mujer aquella fatua y presuntuosa: será la mujer noble, buena y virtuosa. Emprenderá con valor no solo las tareas domésticas, sino también aquellas que impone la patria a todo ciudadano”.

En la actualidad, como se adelantara, la desigualdad material que aún impera se manifiesta de formas distintas a las de hace un siglo.

La principal de estas, por ser la más grave y acuciante, es la violencia. La violencia de la que somos víctimas las mujeres (3 de cada 5 mujeres asesinadas lo son en manos de su pareja, ex pareja o familia, según la ONU) es distinta a la violencia que sufren los hombres. Los hombres no mueren, en grandes números, asesinados por sus parejas, exparejas o miembros de su familia. Por supuesto que sufren violencia, contra la que también debemos luchar (las víctimas de homicidios por “ajustes de cuentas”, por ejemplo, son mayoritariamente hombres). Pero el tipo de violencia es distinto. Y por eso, la razón exige que se aborden también de forma distinta.

Existen muchas otras formas en que la desigualdad material puede vislumbrarse: la brecha salarial (a partir de las estadísticas del INE, la FCEA ha elaborado un informe que muestra que, si bien la brecha salarial se viene reduciendo, hoy por hoy las mujeres ganan un 23% menos que los hombres), la escasa participación en política y en posiciones de liderazgo (todas las desalentadoras cifras se pueden ver aquí: https://www.unwomen.org/es/what-we-do/leadership-and-political-participation/facts-and-figures), el abuso y el acoso sexual (en Uruguay, el 80% de las víctimas de acoso sexual laboral son mujeres), la desproporcionada carga que recae sobre las mujeres en lo relativo a las tareas domésticas y de cuidados… la lista es larga y he optado aquí por nombrar los problemas más evidentes. Pero existen muchos otros, quizás más sutiles y naturalizados –los estereotipos con respecto a la sexualidad, a la maternidad, a la personalidad…- que están muy hondamente arraigados al entramado social, desde hace literalmente milenios.

El desafío de hoy, el del Siglo XXI, es cambiar todo esto que no se puede modificar –al menos no por completo- mediante leyes, tratados y convenciones. La revolución ya no está detrás de las puertas del Parlamento, ni en la voluntad de quienes nos gobiernan. El cambio que todas estamos esperando está en un lugar mucho más profundo: adentro de todos nosotros. Porque toda norma jurídica está destinada al fracaso si no sintoniza con el espíritu de la mayoría de las personas a las que se propone regir. La desigualdad material no se terminará legislando, y por eso es que se combate convenciendo. De eso se trata ahora: de convencer.

Convencer de que a lo largo de la historia, a las mujeres se nos ha tratado con “prejuicios y conceptos sociales inferiorizantes”, como decía Adela Reta. Relegadas al a lo doméstico, a la sumisión, a la dependencia y a la indignidad.

Convencer de que, si bien hemos avanzado enormemente, aún quedan resabios de esos vetustos esquemas. Una concepción que se origina hace por lo menos dos mil años, con Eva naciendo de la costilla de Adán y trayendo el pecado al mundo no es tan fácil de derrumbar; menos considerando que hasta hace muy poco, en términos históricos, había perdurado intacta.

Convencer de que esos resabios se pueden erradicar, que no todo lo que “siempre ha sido así” es inmutable e inalterable. Chimamanda Ngozi dice en su famoso discurso “We should all be feminists” (Todos deberíamos ser feministas) que es cierto que la cultura hace a las personas. La cultura en la que nacemos nos asignará roles, estereotipos y expectativas, casi inevitablemente. Pero la buena noticia es que a la cultura, al mismo tiempo, la hacemos nosotros. El orden social no es un fenómeno intangible, inmodificable, solo determinado por la tradición y la costumbre. Es maleable, transformable, y puede perfectamente responder a un ideal de justicia en vez de a “la forma en que han sido siempre las cosas”.

Convencer por último de que es deseable que se erradiquen. Que una sociedad más igualitaria es mejor, es más próspera, es más productiva y es más justa. Que la meta de la igualdad de género tiene como presupuesto ineludible la dignificación de todas las circunstancias de vida que rodean a las mujeres; pero tiene como consecuencia, también, la liberación para los hombres de los prejuicios y mandatos que el mismo machismo que nos reprime a nosotras, les impone a ellos.

El feminismo debe procurar tener presente la diferencia entre vencer y convencer, como decía Unamuno. Estamos lejos de “vencer”, sin duda, pero si lo lográramos, de qué poco uso sería sin convencer.

Para convencer hay que hablar con empatía, con respeto, y hasta con cariño. No porque sea nuestra obligación– hay muchas razones para enojarse al hablar de desigualdad de género – sino porque, sencillamente, no se convence de otra manera. Hablar con orden, con argumentos y con rigor, porque convencer es solo para mentes racionales. Hablar con compromiso, con firmeza y con sensibilidad. En todo ámbito que se pueda, con quien sea que esté dispuesto a escuchar.

Pero para convencer, además de hablar, hay que tener esperanza. En lo que va de la vida humana, con algunos frenos y algún que otro retroceso, la historia avanza en el sentido del progreso. Las sociedades tienden a ser más justas, más prósperas, más felices, y sí: más igualitarias. El sentido del devenir de los hechos es alentador. En este tema como en tantos otros –la alfabetización, la pobreza, la discriminación, las guerras, la ciencia.

No soy –nunca lo he sido- lo que suele denominarse una mujer de fe. Pero, de hecho, la tengo: en la humanidad y en el futuro. No la perdamos nunca mientras seguimos conquistando cumbres.

Laura


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