El Día

Con la experiencia del ayer, enfocados en el mañana

República, ciudadanía y pandemia

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Siempre tuve vicios, algunos merecerían la etiqueta de “agudo”. De muy pequeña, por ejemplo, me enamoré de Tchaikovsky, el primero de mis vicios. Tuve dos exposiciones casi simultáneas al genio ruso, pero claro, en ese entonces no sabía que se trataba de la misma persona. Por un lado, hacía ballet, y como toda aspirante a bailarina liberé mi cuerpo a “El lago de los cisnes”. Paralelamente, cantaba en mi casa el vals de mi película de Disney preferida (a saber, “La bella durmiente”), también obra de Tchaikovsky, mi Tchaikovsky. Reitero que debieron pasar muchas primaveras para descubrir que el espíritu creador detrás de mis dos tempranas magdalenas de Proust era el mismo maravilloso ser humano.

El segundo fue Homero. En nuestra arrogancia, tendemos a creer que la civilización fue creada hace trescientos años, con nuestros antojos burocráticos e inconvenientes formas. Pero no: esta joya de la Edad de Bronce nos revela que el hubris de los gobernantes ha estado siempre allí, lo vemos en Erdogan, lo vimos en Agamenón. La ira de Aquiles, y su posterior piedad, el ingenio de Ulises, la bravura de Héctor y el honor de Priam son características con las que nos tropezamos a diario y que, en ocasiones, hasta deberíamos emular.

Hay un tercer vicio, más reciente en profundidad, y es Cicerón. Actualmente estoy leyendo Philippicae, obra que este eximio orador pagaría con su vida al ser cruelmente asesinado (¿es que acaso se puede asesinar sin crueldad?) por Marco Antonio, en quien Cicerón veía el fin absoluto de la ya demacrada república romana y a quien interpeló desde el senado en varias ocasiones.

“República”, “senado”, “ciudadano” son términos que se repiten con insistencia en Philippicae (y en toda la obra de Cícero). Estos conceptos, tan abstractos para algunos (incluso hoy) fueron forjados hace muchísimo tiempo, no sin sangre, no sin inefables sacrificios, no sin dolor. Y estas palabras aparecen casi sin excepciones al lado de otra, la más noble e inmaculada, la que representa nuestra raison d’être: libertad.

Los ideales que sostienen a la república (y hablo en presente porque este concepto es perenne) solo pueden existir si hay ciudadanía. La ciudadanía, por su parte, es mucho más que un pedazo de papel (de la misma forma que una bandera es mucho más que un pedazo de tela, aunque también sea un pedazo de tela): es un sentir, es una responsabilidad, es una cualidad y hasta un comportamiento. A la ciudadanía se la construye, la construimos entre todos todo el tiempo (irónicamente, y consciente de ello, estoy afirmando que “ciudadano no se nace, se hace”).

Somos ciudadanos cuando incluimos al que piensa distinto con el único fin de enriquecer a ese bien mayor que nos pare, alimenta y apaña a todos —la república— y respetamos su libertad, porque el momento preciso en que dejemos de hacerlo, habremos dañado a la república y nos habremos burlado de nuestros conciudadanos. Tenemos esa obligación con ellos y ellos con nosotros: la ciudadanía es compromiso. 

Somos ciudadanos de una república libre cuando nos cuidamos entre todos, y esto es particularmente importante ya que estos párrafos cobran vida durante una pandemia sin precedentes en los últimos cien años para la cual ningún gobierno del mundo estaba preparado. Es más, por el otro que por mí que uso tapabocas, que evito aglomeraciones, que respeto el protocolo y que me limito a mi burbuja. Lo hago por mis abuelos, por tus abuelos, por los miles de profesionales de la salud que están dejando su alma en cada hospital (hospital cuyos servicios debemos evitar saturar), lo hago por respeto a todos aquellos que han perdido su trabajo, que no pudieron salir a ganarse el peso y deben mirar a sus hijos a los ojos y mostrarles sus manos vacías. Ignorar el protocolo sanitario no es propio de un ciudadano y, reitero, sin ciudadanos se nos caerá la república, y sin república que nos ampare, perderemos toda libertad.

No quiero terminar estas palabras sin mencionar a Virgilio Guinovart, que trabajara en El Día (el original). No tengo recuerdos de mi abuelo; por razones que no vienen al caso, era prácticamente un desconocido incluso para mi padre. Me enorgullece ver, no obstante, todo lo que nos une a treinta años de su muerte. Nos unen los valores. Nos unen los principios. Nos une la república. Nos une El Día.


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