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El delicado balance entre economía y salud: asuntos complementarios en tiempos de pandemia

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El avance vertiginoso de la epidemia de Coronavirus en las últimas semanas ha vuelto a encender las alarmas en el gobierno y en parte de la población.

Lo que inicialmente fuera por meses una gestión excepcional de la pandemia, poco a poco se fue transformando en una situación más seria y compleja. Hoy, lamentablemente, estamos a poco tiempo de entrar en la denominada zona naranja de Harvard.

Si bien en relación a nuestros vecinos seguimos estando en una posición respetable, lo cierto es que ello es poco más que un consuelo teniendo en cuenta los resultados que otrora supimos conseguir.

Pero los avances de la pandemia no vienen por sí solos, sino que acompañados de nuevos pedidos de medidas más radicales por parte de la población hacia el gobierno, que ha optado por el camino de la «libertad responsable».

En la presente cuestión encontramos una de las mayores aporías que nos podemos imaginar. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a tomar medidas que afectarán la economía en pos de detener o enlentecer el desarrollo de la pandemia? ¿Son aquellas medidas efectivas si quiera, o una mera lesión al aparato productivo del país?

Las experiencias mundiales han sido bastante esclarecedoras.

Aquellos estados que optaron por las cuarentenas obligatorias y generales fracasaron rotundamente. No solo destruyeron sus economías en el proceso; sino que su salud terminó de la misma manera, en el fondo del tarro.

De dichos casos el más interesante lo constituye sin dudas la República Argentina, un país que por sus medidas sanitarias este año tendrá un 12% de caída del PBI -en comparación a países como el Uruguay que la tendrán en el entorno de los 3  a 5 puntos- y que, por sobre todas las cosas, integra el top 10 de países en cantidad de defunciones por COVID-19.

Resultó que con esta crisis aprendimos lo poco efectivos que pueden ser los países subdesarrollados y en vías de desarrollo con respecto al control de sus poblaciones. Los argentinos, cansados del encierro, decidieron violar en masa la cuarentena para volver a trabajar y poder vivir. Como consecuencia, el estado Argentino incurrió en acciones represivas que solo agravaron la situación. El problema fue creciendo mes a mes, hasta que al final la cuarentena pasó a ser poco más que letra muerta. El aumento de la circulación llevó a disparar los casos, y Argentina se terminó quedando sin el pan y sin la torta; es decir, sin economía ni salud.

Por otro lado, pudimos encontrar experiencias similarmente radicales pero que apuntaron hacia la otra dirección: sencillamente no tomar medidas sanitarias para proteger la economía.

Esta cosmovisión fue seguida por estados como Brasil, y si bien un tanto cínica, partió de una base bastante más realista que las cuarentenas obligatorias en lo que respecta a la posibilidad de un país pobre de poder controlar las conductas de su población. En efecto, Brasil tuvo una escalada masiva de casos de coronavirus, pero no la catástrofe económica de nuestro otro país vecino.

Y por último tenemos el modelo uruguayo, que fue una especie de intermedio entre los dos anteriores. Una cuarentena voluntaria, que aspiró a la empatía de la gente y a la libertad económica.

El resultado en principio fue esperanzador: casos casi nulos, poca caída de la economía y prestigio internacional.

Evidentemente, como todos sabíamos, esto no podría durar para siempre. Un virus tan contagioso no quedaría encerrado en la oscuridad de manera indeterminada, y terminó ocurriendo lo esperable, un rebrote relevante del virus.

Y la pregunta nuevamente es: ¿Qué hacer?

Entiendo que nuestro país no puede darse el lujo de una cuarentena obligatoria de ningún tipo, en tanto dicho modelo ya demostró su estrepitoso fracaso humanitario y económico. No hacer nada y dejar al virus a su suerte tampoco es una opción.

Por ende creo que la mejor solución para el gobierno sería renovar y relanzar su concepto anteriormente exitoso de «libertad responsable» pero apostando a ir un paso más allá. Crear una campaña publicitaria mucho más agresiva y constante en todos los medios del país, aplicar controles sanitarios y multas mucho más estrictas, procurar la persecución penal de aquellos casos graves que lo ameriten, como el famoso acontecimiento de San José donde una persona positiva decidió dar un concierto a pesar de su enfermedad y terminó contagiando a una decena de personas de manera maliciosa.

El cierre de actividades privadas no es una alternativa. Sus beneficios en la contención de la pandemia son sumamente limitados (ya hemos visto que el cierre de empresas no ha contenido la pandemia en otros países), pero sus consecuencias económicas son graves y profundas. En todo caso, si han de pararse actividades privadas debe ser en casos excepcionales; y lo más importante de todo, las empresas involucradas deben ser apoyadas por el estado con beneficios y exoneraciones tributarias que les permitan alivianar esa pesada carga. No obstante, es esta una carta extremadamente peligrosa que ha de ser usada con cautela, y de manera excepcional.

A fin de cuentas, lo más importante de todo siempre termina siendo la gente. No se la puede obligar a punta de pistola a cumplir con las medidas sanitarias. Debemos apelar nuevamente a su conciencia, para que la misma cumpla las recomendaciones producto de su propia iniciativa individual, sin tener que recaer en recortes de libertades absurdos y autoritarios. Nuestra cabeza y responsabilidad personal vuelve a ser como antes la mejor arma contra el virus. Usémosla; al fin y al cabo, la vacuna somos todos.


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2 comentarios

  • Alejandro
    Alejandro

    Excelente artículo muy equilibrado y acertado
    Felicitaciones y adelante!!!!!

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  • Maria Cristina Garaza
    Maria Cristina Garaza

    Lamentablemente hay muchos cabeza de termo que viven en un tapper y cuanto peor vaya todo les parece mejor, sigamos cuidando y cuidandonos!!!!!😷😷😷

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