El Día

Con la experiencia del ayer, enfocados en el mañana

La revolución que nos convoca a 135 años del Quebracho

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José Batlle y Ordoñez fundó “El Día” a los pocos meses de haberse enfrentado en el campo de batalla a la tiranía del General Máximo Santos, en lo que más que una batalla fue un sacrificio patriótico que ocurrió a finales de marzo de 1886.

En 1880 renuncia el Coronel Lorenzo Latorre. Asume el mando del país el entonces Presidente del Senado Francisco Antonio Vidal, una figura servicial a los intereses del General Máximo Santos, este último Ministro de Guerra hasta su ascenso a la primera magistratura.

El joven Batlle y Ordoñez escribió entonces en La Razón una dura crítica:  «S.E. el Presidente de la República ha elevado ya su renuncia a la Asamblea. Muchas personas se habían interesado en que no lo hiciera, queriendo evitar al país el oprobio, la vergüenza inaudita, que arrojará sobre su frente la ascensión de Máximo Santos a la Primera Magistratura; pero el Dr. Vidal a querido proveerse de un nuevo título a la consideración pública, consolidando la obra de su cobardía cívica y de su absoluta ausencia de patriotismo.
    ¿Qué hará el Dr. Vidal, a donde irá que no sienta pesar sobre su cabeza  el eterno desprecio de sus conciudadanos?.
    Nosotros le daremos un consejo: aléjese de lo que fue su patria y haga que se olvide su nombre en cuanto sea posible». Santos se convierte en Presidente de la República, liderando un período caracterizado por el despilfarro, la deshonestidad y el atropello de los derechos individuales, con limitación de las libertades políticas y la restricción a los medios de prensa.

En su período no fueron menores los levantamientos armados que no daban tregua al gobierno, constantes denuncias de corrupción y una economía desbastada que debilitaban a un régimen que pretendía continuar en el poder. El gobierno debía finalizar el 1ro de marzo de 1886. Santos se perpetuará a través de la figura de Vidal, a quien propone en 1885, como una vía aparentemente constitucional.

Seguros de las intenciones continuistas de Santos, en Buenos Aires se forma un Comité Revolucionario con ciudadanos exiliados que se enfrentarían para tomar el gobierno del país con una sólida figura como la del General Lorenzo Batlle, que ya había sido presidente entre los años 1868 y 1872. Al mismo tiempo en Montevideo y desde la clandestinidad se forma una Asociación Revolucionaria integrada por jóvenes de poco más de veinte años, provenientes de la esfera universitaria y dispuestos a dar su vida por la República y la Libertad. Dado al inminente peligro que corrían, en febrero de 1886 se trasladarán a Buenos Aires.

Tras medio siglo de violentos enfrentamientos entre blancos y colorados, Máximo Santos logró lo que parecía imposible, unir a estas dos divisas con un mismo objetivo. No había partidos políticos ni sectores, había una causa común por el país.

Señala Paz Aguirre en su obra: “En una brumosa madrugada de fines de febrero de 1886 los revolucionarios embarcaron en lo que hoy es la dársena norte de Buenos Aires, a bordo del buque «Litoral», que los conduciría por el Paraná hasta Entre Ríos. Una travesía serena pero de menguadas raciones, anticipo de los días inmediatos por venir. Apenas algunas galletas y medio jarrito de vino por cabeza, en medio de nubes de mosquitos, viajando sin «rumbo a altas horas de la noche en medio de la naturaleza dormida». Acurrucados en la proa, en los botes y en cuanto lugar ofrecía alguna protección, los jóvenes ebrios  de ilusiones soñaban con la libertad de la Patria.
    La llegada a Entre Ríos se produjo el día 22 de febrero.
    El 1o de marzo, al aclarar el día, se hizo formar a los revolucionarios para entregarles los fusiles Remington y los correajes.
    Ese mismo día 1o de marzo de 1886 Santos se hacía reelegir presidente del Uruguay en la persona de su comodín Francisco Antonio Vidal.

El 28 de marzo los jóvenes revolucionarios desembarcan en tierras orientales a orillas del arroyo Guaviyú. Muchos de ellos sin nunca antes haber montado un caballo o disparado un fusil, marchaban impulsados por un grito de libertad. Se encontraban en una manifiesta desventaja ante el Ejército gubernista que los superaba ampliamente en números y en preparación, alistados sobre el litoral dado a que Santos había introducido espías en la organización.

El 30 de marzo tiene lugar el primer enfrentamiento, con una aparente victoria de los “muchachos montevideanos”. El 31 de marzo, en las cuchillas de las Puntas de Soto, cercanas al arroyo Quebracho, se enfrentarán con las tropas del gobierno siendo derrotados fácilmente, con un comienzo sanguinario que se llevó la vida de decenas de jóvenes ilusiones.

Señala el Prof. Miguel Lagrotta que ante la terrible situación en el campo de batalla “el Comandante Domínguez se dirige al galope hacia donde se encuentra el jefe de las fuerzas adversaria Coronel Villar, solicitándole que ponga fin a la matanza de vidas jóvenes y valiosas. El General Máximo Tajes, con su Estado Mayor aparece en el campo de combate y ordena que la garantía de vida era el ser oriental. Tajes ordena “¡Cuidado! ¡Pena la vida del que atente contra un prisionero!¡El nombre de Oriental debe ser garantía de vida para los vencidos! Estas instrucciones se las había enviado Santos, en su carácter de General en Jefe de las fuerzas de mar y tierra de la República, para cuyo cargo había sido designado por el Presidente Vidal.” La orden era de perdonar a los jóvenes orientales y fusilar a quienes desde el exilio habían formado el Comité Revolucionario para evitar que se volviera a repetir, Tajes le perdonó la vida a todos y los trasladó a Montevideo.

Una vez en la capital los prisioneros fueron formados en la Plaza de Armas el 7 de abril, Santo les informa que habían sido puestos en libertad, buscando de esta manera contentar a una opinión pública que ya se encontraba del lado de los jóvenes revolucionarios. Santos sabía que había perdido el poder.

Que aquellos jóvenes no tuvieran un final como el de la Hecatome de Quinteros, permitió que de allí salieran futuros periodistas, profesores y rectores de la Universidad, como también que tres de ellos luego fueran Presidentes de la República, Claudio William, Juan Campisteguy y el propio José Batlle y Ordoñez.

El 24 de mayo Vidal renuncia y Santos asume la Presidencia. El 17 de agosto un disparo desfigura su rostro sin matarlo. Perseguido por sus culpas y enfrentado por la oposición, el tirano renunciará el 18 de noviembre de aquel año 1886 y abandonará el país. Se había perdido la batalla, pero la revolución triunfaba.

Recordar a esos jóvenes es un acto de justicia y de patriotismo. Aquel 31 de marzo de 1886 fue un sacrificio humano por la libertad, que 100 años después en 1986 fue recordado en un importante acto al que concurrieron Jorge Batlle y Luis Alberto Lacalle, encontrándose en la tumba de Teófilo Gil. ¿Quién fue este joven? Un mártir de la revolución del quebracho, descripto por Leonardo Vinci como “abogado y periodista de fuste, una de las figuras más notorias y admiradas”, murió por una bala en el pecho con tan solo 26 años.

A 135 años de la Revolución del Quebracho, colorados de Salto nos hemos reunido para organizar junto a amigos de Paysandú y de todo el país, un homenaje que se ha realizado el sábado 27 de marzo, entre los pastizales de Palmares de Soto, en la tumba de Teófilo Gil. Homenaje público, como el que se merecen estos hombres ejemplo para las nuevas generaciones, para el presente y el futuro, con ideas que tenemos que defender con más vigencia que nunca.  


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