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Lo que la Pandemia nos va a dejar

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Todo indica, con el arribo de las vacunas que la pandemia está llegando a su fin, o por lo menos esa es la gran ilusión que nos genera el inicio del plan de vacunación. Con el final a la vuelta de la esquina y, la expectativa de que todo vuelva a la normalidad es momento de evaluar y diseñar políticas que permitan una rápida salida para quienes sintieron la crisis de la pandemia en primera persona, amén de las que se llevaron adelante durante este año.   

Como en cualquier crisis económica o social quienes están más expuestos a sufrir los embates son aquellos que se presentan endebles ante el sistema. Esta pandemia, que además de sanitaria fue emocional, evidenciando la necesidad de abordar con mayor énfasis los aspectos emocionales y de salud mental como parte importante en la vida de las personas, tuvo un impacto mayor en las mujeres porque, en definitiva, la pandemia solo vino a profundizar y evidenciar las situaciones de desigualad que ya permeaban la sociedad.

El incremento de las situaciones de violencia sobre las mujeres fue uno de los impactos más evidenciados durante el año de pandemia, seguramente por ser lo más visible y urgente en lo inmediato. El confinamiento voluntario implicó para muchas permanecer encerradas 24 horas con sus agresores, transformando sus hogares en el lugar más inseguro en donde estar. Los meses de cuarentena voluntaria implicaron miedo cotidiano para muchas mujeres que soportaron la violencia en forma ininterrumpida y vieron cortadas o limitadas todas las redes de contención que la sostenían, aislándolas en la soledad de la convivencia con el agresor. Imaginen por un segundo la carga de vivir en un ambiente con tensión constante y cotidiana basada en el miedo que genera el otro, en algunos casos potenciado ante la presencia de niños y niñas en el hogar. El impacto que ese estrés genera en lo emocional es  hoy incuantificable, la única certeza es que esas huellas afectan todos los aspectos de la vida de la mujer y trascienden a la sociedad.

Tratándose de cuestiones del ámbito del hogar, otra de las desigualdades que la pandemia profundizó tiene relación con la carga del trabajo doméstico y las tareas de cuidados, las que habitualmente recaen sobre las mujeres, el trabajo no remunerado e invisibilizado a los ojos de los distraídos que lo perciben como propio del género femenino. Las mujeres durante este último año debieron ocuparse de sus hijos y el desafío de las clases virtuales y escuelas a medio tiempo, de su trabajo, muchas de las veces en modalidad teletrabajo con la presión de los niños en la casa, compatibilizando horarios de escuelas virtuales y tiempos de esparcimiento y, en muchos casos, compartiendo el único equipo electrónico en la casa, todo eso además en coordinación con las tareas propias del hogar. Probablemente esta no sea la situación que refleje la realidad de todos los hogares, en muchas de nuestras casas las tareas se reparten en forma equitativa pero, aun cuando esa fuera la voluntad de los integrantes de una familia la pandemia limitó las posibilidades reales de equidad. La regla indica que la situación de precarización del trabajo femenino hace que seamos las mujeres las primeras en perder los empleos. Del mismo modo, la desigualdad preexistente en la escala de remuneración por la cual. ante idénticos cargos existen distintos salarios genera que, ante la disyuntiva de elegir quien se quedaría en la casa cuidando la elegida fuera la mujer, por una simple ecuación económica. Y esta sobrecarga de las tareas de cuidados, además de ser profundamente injusta genera efectos no deseados en la salud de las mujeres, tanto en lo físico como emocional.

Y, probablemente como una de las principales causas que colaboraron en la profundización de la exclusividad femenina de las tareas del hogar se relacione con la “caída” del sistema laboral formal, en el mejor de los casos y muchas otras, que ya contaban con trabajos informales pero que, al quedarse sin ellos tampoco pudieron acceder a los beneficios del sistema social que el Estado proporcionó. Dedicadas mayoritariamente al área de los servicios, el comercio y turismo, los rubros más afectados por la pandemia, y muchísimas otras con trabajos precarizados las mujeres fueron las más afectadas laboralmente y por tanto, las que tiene más posibilidades de quedar en una situación de pobreza.  

Entonces, este 8 de marzo tan especial, en el que todavía no podemos salir a la calle a marchar evidenciando las desigualdades que aún nos afectan, y se han visto profundizadas por la pandemia, debemos redoblar los esfuerzos para que nuestra voz sea escuchada a pesar de los fallidos intentos de pretender partidizar la lucha feminista.   El gran desafío que tenemos por delante como país implica diseñar políticas y acciones específicas que permitan reinsertar a las mujeres en el mercado laboral, lo cual solo puede ser posible aplicando una perspectiva de género al momento del diseño y elaboración. Proyectar políticas de cuidados que favorezcan a una equitativa distribución de las tareas entre el Estado, los privados y dentro de los hogares. Y fundamental, trabajar formalmente en la educación con las habilidades emocionales apostando a fomentar relaciones libres de violencia.

Los desafíos son inmensos, las acciones urgentes y el compromiso debe ser de todos.


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